Mentalismo: ¿control o sugestión?

Normalmente, cuando queremos definir las prácticas “recreativas” relacionadas con el mundo de la magia nos vienen a la cabeza dos palabras troncales: el truco y, como no, la figura del mago como maestro de ceremonias. Tan sólo los ya iniciados o los más entendidos en la materia (o los escépticos recalcitrantes) nos hablarán de ilusionismo e ilusionistas. Efectivamente, si analizamos la naturaleza misma del concepto truco, nos encontramos con que estamos hablando, claramente, de una “acción engañosa”, un juego de las percepciones, una artimaña de la mente y los sentidos… de una ilusión. Lo cierto es que ya ha llovido mucho y que, especialmente en nuestros días −y dejando a un lado superstición y las creencias religiosas−, el público que asiste a una representación ya es consciente de que lo que está viendo no es una manifestación sobrenatural, sino un desafío sensorial, una demostración de ingenio y de cómo burlar al cerebro.

Cómo olvidar al gran Uri Geller y sus famosas cucharas inservibles…

A todos nos parece imposible, inverosímil, improbable… y, sin duda, todos queremos saber “¡¿cómo lo hace?!”, aunque, en el fondo, también somos conscientes de que hay gato encerrado. Esto es el ilusionismo, amigos y amigas; ser víctimas de una ilusión y, al mismo tiempo, que nos apasione este dulce engaño. Afilar la agudeza en cada número pero dejarnos llevar por la emoción de que nos sorprendan una y otra vez. Y es que los mejores magos no venden humo; ni tan siquiera magia: venden ilusión.

Con estas manos, como para no quedar hipnotizado…

Hoy introduciremos una de las ramas a menudo más incomprendidas de este gran arte que es la ilusión: el mentalismo. Sí, cuando surge la cuestión todos pensamos en cucharas dobladas, lectura de mentes y posesión de cuerpos, pero la verdad es que va mucho más allá de una especie de caballeros Jedi que se ganan un sobresueldo… Algunos practicantes, de hecho, defienden que como arte escénica nos encontramos ante un espectáculo diferente al del ilusionismo,  dado que implica un componente de habilidad paracientífica que trasciende la creatividad a la hora de engañar a los sentidos.

La tan frecuente figura del mentalista como verdad revelada…

A grandes rasgos, un mentalista es alguien con la capacidad de utilizar su capacidad mental para generar (a menudo por medio de la sugestión) una ilusión de control mental, ya sea sobre el mundo físico o sobre otros seres (movimiento de objetos, telepatía, precognición, clarividencia, adivinación…). La figura del mentalista es muy antigua y nos podríamos remontar hasta el siglo XV para encontrar las primeras referencias escritas, pero antes hace falta introducir un matiz importante: el que lo diferencia del psíquico. El psíquico considera que posee estos poderes, mientras que el mentalista es consciente de sus habilidades y el uso que les da para que parezca que los posee, pero siendo consciente del componente teatral o dramático… Es decir, la diferencia entre interpretar el papel de Dios y creerse Dios.

Seguiremos hablando sobre el tema…