Faquires, maestros de la resistencia

La del faquir es una de las figuras más enigmáticas −y en el fondo desconocidas− del mundo del espectáculo de variedades y el ilusionismo. Austeros, barbudos, con cara de malas pulgas y totalmente ausentes de los asuntos terrenales para soportar un dolor inhumano… Esta acostumbra a ser la imagen que tenemos de ellos, y no es que se aleje demasiado de la realidad. Ahora bien, ¿Qué sabemos de los faquires? ¿Son un simple numerito folklórico, o detrás se esconde algo que se nos escapa? ¿De dónde salen? ¿Qué quieren demostrar, estos personajes? ¿Místicos de poderes misteriosos o meros entretenedores de truco fácil? Quizás lo mejor es que empecemos desde el principio…

Está comúnmente aceptado que la palabra faquir procede de dos términos arcaicos: el persa Faqīr (pobre) y el árabe Faqr (pobreza). Con este origen etimológico no es difícil imaginar por qué los primeros faquires, que surgieron en la India, eran ascetas (morabito) mendigantes de religión musulmana. El continente indio es la tierra de los místicos (los sadhus), para quienes el único interés en la vida es alcanzar el samadhu, el instante de unión perfecta entre el alma humana y Brahma, el dios creador del universo según la religión hinduista. En cuanto a su vertiente mística, y el motivo por el cual se hicieron famosos en la cultura popular, los faquires se suelen someter a rigurosas e intensas prácticas físicas con el fin de conseguir el control espiritual sobre cada una de las funciones vitales del cuerpo. En la India se les venera como hombres santos y reciben todo el respeto social. Por el contrario, en la cosmovisión musulmana el faquir es aquel que no tiene nada, ni oficio ni beneficio. Un mendigo…

La dulce siesta masoquista del faquir…

Entre sus numerosas… “prácticas” encontramos levitaciones, arrastramiento de objetos pesantes, caminar sobre brasas ardientes, introducir la mano en ollas de aceite hirviendo como si nada, clavarse piezas punzantes sin inmutarse y, claro está, el clásico entre clásicos: permanecer tumbados sobre camas de clavos o lechos de cristales rotos. Originariamente los faquires recorrían los pueblos ataviados simplemente con un taparrabos y practicando milagros, curando enfermedades y entreteniendo a la gente a cambio de una limosna o comida. Esta es la postal, seguramente, que quedó grabada en la mente de los colonizadores ingleses cuando exportaron el concepto de faquir hasta Occidente, ya a finales del siglo XVII. Tal vez por eso hoy en día los consideramos como artistas de circo o magos que se ganan la vida haciendo trucos de magia. Como hemos visto, una representación muy alejada de sus auténticos orígenes, más trascendentes que terrenales y, sin duda, ¡más espirituales que artísticos!